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A veces salgo a caminar

Cuando era joven, me encantaba salir a caminar por las calles del centro de la ciudad. Caminaba durante horas, era una actividad muy entretenida. Me gustaba ver los rostros de las personas con las que me cruzaba, ver sus gestos; todos ellos con una historia en su mente, algunos hacían muecas, otros reían, muchos hablaban solos y otros parecían estatuas, inmutables.

 

En aquel tiempo no tenía celular, así que una vez salía de casa, nadie sabía donde estaba, cuánto me iba a demorar o, por lo menos, si estaba bien. Esa soledad me gustaba. Tal vez era eso lo que me llevaba a irme a acariciar las calles de la ciudad, esa sensación de vulnerabilidad, ese vacío en el estómago cada vez que alguien te hablaba o cada vez que alguna sombra se movía velozmente. Era emocionante sentirse como el agua en el agua. No ser nadie, y moverse entre cientos de nadies, cada uno con su afán.

 

Siempre me preguntaba ¿qué diferencia tiene eso con cambiar de ciudad? ¿Qué diferencia tiene eso con cambiar de país o de continente? Tal vez, que al final del día, cuando estaba realmente agotado y necesitaba el abrazo de mi madre, sabía que podía volver a casa y allí estaría, esperándome. En el momento en el que lo decidiera, dejaría de ser un desconocido que se mueve sin rumbo por una ciudad caótica, y sería alguien valioso en el lugar que le corresponde.

 

Seguramente por eso me iba a caminar, para sentirme desamparado por algunos instantes, y luego volver al calor del hogar, a la seguridad y a la protección que siempre me han brindado mis padres.

 

Ahora camino poco, los afanes de la vida adulta me obligan a moverme rápido y dedicar poco tiempo a mis reflexiones inoficiosas. Pero el vacío en el estómago al sentir que algo me falta no ha desaparecido. Ayer lo volví a sentir. Qué día extraño fue ése. Una persona que hizo parte de mi vida se fue, tan lejos como es posible, y aunque ya estaba lejos de mi vida, sentía una tranquilidad extraña al pensar que estaba en la misma ciudad, en el mismo país, en el mismo continente. Ayer me enteré de que había viajado, y sentí ese mismo desamparo que sentía cuando caminaba por horas y no sabía cómo volver a casa, como si alguna parte de ti simplemente desapareciera, entonces empecé a escribir. Escribir es como caminar, empiezas con una palabra así como empiezas con un paso, sientes que vas lento y sin rumbo así como divagas sobre el papel, y antes de ser consciente de ello, has avanzado tanto que sería imposible volver a ser el mismo.

 

No sé muy bien por qué o para qué escribo este texto, tal vez sea una botella al mar, que espera ser leída por algún errante que me dé la razón.

 

En la tarde de ese mismo día, ayer, me despedí de un amigo. Qué día extraño fue ése de ayer. Una persona que se cansó de recorrer las calles de la ciudad y decidió buscar nuevo rumbo, simplemente desaparecer. ¿Qué diferencia hay? Les pregunto a ustedes porque yo no lo sé ¿Qué diferencia hay entre salir a caminar en Bogotá, en Orito, en Buenos Aires o en Roma? ¿Acaso no es la misma sensación de soledad y desamparo? ¿Los mismos rostros desconocidos? ¿Las mismas muecas? ¿Qué diferencia hay entre el dialecto ininteligible de un ñero bogotano y el de uno napolitano?

 

Yo no lo sé, nunca he ido tan lejos. Pero creería que es lo mismo, entre ver desconocidos negros o desconocidos blancos, entre mirar con admiración una construcción renacentista y un cambuche de gamín. Es lo mismo, lo que se está admirando allí son los límites del ser humano, tan capaz de levantar catedrales pomposas para adorar amigos imaginarios como de pudrirse entre chiros viejos y húmedos en cualquier esquina del mundo.

 

Si igual me importa un carajo lo que estén pensando los demás ¿Qué diferencia tiene caminar en Sao Paulo o en Soacha? ¿Será que el hambre se siente diferente si uno está en un lugar o en otro? ¿Será que la soledad se siente más chiquita frente a la Fontana di Trevi que en la L de Bogotá? O será que uno encuentra su propio paraíso donde el hambre, el frío, la necesidad y el deseo no existen. No creo, si así fuera, prefiero no encontrar el mío.

“Quien no se haga a la mar, no correrá el riesgo de ahogarse, pero tampoco conocerá nuevas tierras”

dice un dicho no tan popular.

 

A estas bajuras de la vida, la seguridad que sentimos en casa es tan falsa como la que sentimos en nuestro trabajo o en las calles conocidas. Al fin y al cabo, las reglas son las mismas en todo lado, debes producir para comer, debes producir para tener un techo, debes producir para estudiar; de lo contrario, tarde o temprano serás una carga para los que te rodean y terminarás quedándote solo. Así que, tanto aquí como allá, dependemos de nosotros mismos, de nuestros talentos o de nuestra terquedad.

 

Esa seguridad que sentimos en casa existe sólo porque nos hemos habituado a nuestro entorno y él se ha habituado a nosotros. Nos hemos ganado un espacio con nuestro quehacer diario, así como podemos ganarlo en cualquier otro lugar. Así que no importa por dónde caminemos, siempre seremos nosotros, con nuestras ideas brillantes o estúpidas, con nuestros miedos y certezas. Y esa sensación de desamparo no es nada más que la alarma que se activa cuando nos sentimos tan inútiles, tanto al punto de que nuestra ausencia no se notaría. Sentirse desamparado es sentir que nadie te va a extrañar y que si a algún gamín neoyorquino le da por llevarte entre su costal, el resto del mundo jamás se daría por enterado.

 

Así pues, ahora tienes una tarea compañero errante: deja huella, recuerda que donde hubo fuego, quemaduras quedan. Deja, entonces, una quemadura en cada vida que toques, de tal manera que tu ausencia se note, de tal manera que siempre te recuerden, y cuando se sienten a tejer historias a la luz de la vela y al sabor de algún licor, tus hazañas sean rememoradas generación tras generación. Que tu memoria sea más valiosa que tu presencia para que cuando vuelvas de tu larga caminata, siempre te reciban con un abrazo interminable.

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