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El pollo

Las tardes de domingo no son mis favoritas, por lo menos no desde que estoy soltero. Menos, cuando tengo libre la mañana del lunes, siento que me visitan todas las preguntas estúpidas que nunca pude responder; de esas como “y si, ese día en el prado, ¿yo no hubiera sido tan tímido y me hubiera dejado llevar por su locura?” o “y si ¿le hubiera dicho lo que sentía, aunque me hubiera mandado a volar?”.

 

Y el día se va yendo a la mierda a medida que cae la tarde como si estuvieran sincronizades y saltaran juntes a un hoyo negro que no tiene fondo, en el que caes y caes y caes, hasta que te despiertas en un lunes torpe que nunca sabes pa dónde va ni cómo se empieza.

 

Y hay domingos de domingos, y hoy “es uno de esos días” dijo mi rumi de la India, o eso creo porque no le entiendo un culo. Todas las emociones encontradas: feliz porque volví a jugar fútbol, pero fastidiado con el frío y la nieve, pero feliz porque estoy aprendiendo a bailar, pero emputado porque ando caliente y no puedo hacer nada. Y así, cada cinco segundos.

 

Hago la lista de mis múltiples deberes. Cada uno de ellos me puede tomar entre diez minutos y siete horas, así que elijo empezar por los que salen rápido. A menos de que haya fecha límite de algo y toque meterle el diente al trabajo grande. Hacer la lista me hace sentir mejor, como que avancé.

 

Pero, justo hoy, me desperté tardísimo porque ayer jugué fútbol y quedé adolorido, como el señor de edad que soy. Me reuní con la negrita y luego me puse a llamar a todo el mundo, a echar rulo (chiste de calvos), y me dieron las cinco y no trabajé. Ya no se puede confiar ni en uno mismo.

 

Y justo sentí el olor de mi rumi en la sala y bajé a llevar la loza de mi desayuno. Una excusa, por supuesto.

 

  • Jauyu duin?

  • Juroba suin domash – yo tampoco entendí.

  • Guatsap?

  • Dos deis – esa sí la entendí, que hoy es “one of those days”

  • Absolutli

 

Sin decir nada más, levantó su mano derecha, compartiendo la magia y yo acepté encantado. Una conversación corta: el clima, los impuestos y suerte es que le digo. Empecé a preparar mi almuerzo: un pollo entero que me habían regalado en una fundación y tocaba despresarlo y cocinarlo.

 

Yo, ya envalentonado, agarré un cuchillo tan grande como mi antebrazo, le enterré la puntita en todo el centro y bajó abriéndose camino a la brava, pero sin esfuerzo. Hace rato que no tenía esa sensación de las fibras de la carne rompíendose una por una, casi como gritando de dolor, físico y emocional, como si la fibrita sintiera que la parten por la mitad.

 

Después de la primera puñalada, respiré profundo y supe que lo iba a disfrutar: agarrarle una pata fría y separársela del cuerpo. Y sin esperar casi nada, enfilar el arma y sentir la micro fricción rompiendo todo hasta llegar al hueso. Y clavarse un par de milímetros, lo necesario para quedar ligeramente ajustado.

 

Y con toda sevicia y perversión, pasar saliva antes del siguiente envión, como si emulara cada puñalada con un ataque pélvico. Tenía la mano fría de agarrar la piel resbalosa, pero logré hacer la tensión suficiente para dejar caer el cuchillo como si fuera una guillotina, acción peligrosa para mi integridad, por demás.

 

Y cayó el primer machetazo, luego el segundo, y al tercero era sólo la piel la que sostenía esa extremidad. Cuchillo sobre la tabla y la fricción lo terminó de arrancar. Cae la pierna y la levanto en la mano izquierda mientras sostengo el cuchillo con la derecha. Grito como un neandertal y dejo la pierna en el plato. Voy por la otra. Ya con práctica, el hueso se quiebra al segundo machetazo, rasgo el cuero y celebro nuevamente.

 

Mi rumi dice algo ininteligible para mi terrible oído de lingüista, y yo sólo celebro las patas del pollo. Acto seguido, todo se detiene: queda un pollo completo para despresar. Podré comerme las patas hoy, pero me va a dar hambre mañana. Y mami ya dijo que toca despresarlo hoy sí o sí.

 

Tamadre!! Es sólo una expresión, no es nada contra mi mami.

 

Me preparo mi almuerzo y luego veré qué hago con el animal. Con el cadáver del animal. Con el frío cadáver del animal. Sigo el plan, caliento el arroz, preparo el pollo y me preparo una aromática. Nada extravagante. Eso sí, saqué el pollo treinta segundos antes de que se me secara.

 

El almuerzo está en curso y yo voy a guardar el pollo amputado. Y lo veo ahí, tan blanco, tan tierno, con un hueco en el centro a causa de mi primera intervención. Y sin pensar mucho, enfilo índice y medio de la mano derecha hacia la puerta rosada. Entra casi la mitad de los dedos y una contracción involuntaria me hace sonreír.

 

Mi rumi me mira con extrañeza, mis dedos se van hasta el fondo y yo suelto un suspiro estruendoso. Busco pensamientos, pero no tengo señal, soy los dedos de mi mano que entran y salen de carne blandita y húmeda, mojada, muy mojada, a decir verdad.

 

Suelto una carcajada y empiezo a hablarle a mi rumi en español, que es como si él me hablara en urdu. Y luego paso a mi inglés incomprensible y le digo:

 

  • Guata güiar senseishon, iscripi.

  • Gua?

  • Purin definguers inde chiquen.

  • Tstststststststs – así se ríe, como frenando en seco cada medio segundo.

 

Empiezo a sentir un cosquilleo subabdominal y me acerco a la mesa. Contacto directo y el bombeo de sangre se acelera. Qué perturbadora escena en la que tengo mis dos manos dentro del pollo, restriego mi verga contra la mesa y casi babeo por el placer de la sensación.

 

Y llega una pregunta estúpida, de esas de domingo por la tarde:

 

  • ¿cómo se cataloga esta aberración? ¿Esta filia?

  • ¿necrofilia?

  • ¿zoofilia?

  • ¿zoonecrofilia?

 

Suelto una carcajada ridícula y mi rumi pega un brinco creyendo que me había pasado algo. Saco las manos del pollo a medio destrozar, me giro respirando agitado y me lavo las manos con agua caliente. La sensación es maravillosa, tanto por la temperatura del agua como por limpiarme las manos del delito.

 

Volteo para guardar el pollo y le doy una última mirada, casi le guiño el ojo, pero sólo le sonrío. Lo meto en una bolsa y directo al congelador.

 

  • Más tarde volveré por ti.

 

El pollo no responde, mi rumi tampoco. Levanto mi mano temblorosa para despedirme y subo a la habitación un poco ansioso, medio apresurado. Entro, cierro la puerta, dejo las luces tenues, me aseguro de no tener ninguna distracción… y me siento a escribir: el pollo.

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