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Despierta

Fue una noche larga, tuve sueños confusos, aún no sé qué fue real y qué no. Recuerdo su mirada inquisitiva, retadora. Recuerdo sus manos cubiertas de sangre y una sutil sonrisa que me decía que todo estaba bien.

 

“Despierta” sonaba su voz en mi cabeza.

 

Mi alarma no sonó, abro los ojos lentamente y me cuesta identificar el lugar donde estoy. Miro a mi alrededor y todo es oscuro. No sé dónde está la puerta ni dónde la ventana. Es como si todos los lugares en los que he estado, se mezclaran en uno solo y no pudiera diferenciarlos.

 

Creo que estoy drogado o lo estuve: todo es borroso, había mucha sangre y yo estaba extasiado de sentir sus manos llenas de sangre en mi boca. ¡Qué elixir! Un sabor intenso, quería beberla toda. Tengo una erección enorme, siento que he estado así por días.

 

¿Quién es ella? Tengo imágenes confusas: una mirada intensa, cabello de fuego, sonrisa pícara, un cuerpo esbelto y muy muy fuerte, manos delgadas y largas… es perfecta, es peligrosa. Me hizo algo, me dio algo, no puedo decirle que no a nada. Creo que ayer maté a alguien, recuerdo tanta sangre. Ella sólo reía y me decía que todo estaba bien.

 

“Despierta” sonaba mi voz en mi cabeza.

 

Mientras avanza el día, vienen imágenes a mi mente. Estoy en un hotel en la carretera, es un lugar lúgubre y patético. Recuerdo que ayer vine aquí con ella, no nos importó el estado de la habitación ni la certeza de que pudieran escucharnos. Justo al cerrar la puerta, la agarré del brazo y la traje hacia mí, con fuerza. Cogí su cabello con toda mi mano y la besé desenfrenadamente. Ella sonreía.

 

Siempre siento que me está retando, siempre quiere más. Las imágenes son muy claras ahora: nos besamos con pasión, como si quisiéramos devorarnos. Agarré sus nalgas con ambas manos y la levanté. Apoyé su espalda en la pared y ella me rodeó con sus piernas. Me encanta sentir su respiración. Me besa y jadea. Cada instante es eterno, pero cada segundo queremos hacer algo nuevo.

La bajé suavemente, con ternura; y mandé la mano a mi cinturón, para soltarlo.

  • No, no, no – me dijo – eso lo hago yo.

 

Y clavó sus ojos verdes en mí. Sonreía sutilmente, se mordía los labios, los humedecía con su lengua y volvía a sonreír. Se acurrucó y soltó mi cinturón, luego el botón de mi pantalón, la cremallera. Abrió mi pantalón como soltando el hilo de un regalo y vio toda mi emoción llenando mi ropa interior. Una mirada más, una sonrisa más, y sus dos manos descubrieron mi verga a punto de estallar.

 

Casi golpea su cara al salir, una sonrisa más, una mirada más y su lengua humedeciendo sus labios para darle el primer beso. Siento sus labios en todo mi ser, suspiro inevitablemente; y el beso se transforma en una succión que me roba el espíritu: soy suyo. Su lengua jugando en mi glande, en mi tronco y sigue bajando hasta que se me eriza la piel.

 

Una mirada más, una sonrisa más. Y lo empuña con fuerza como queriendo sacar todo de él. Lo mete en su boca hasta el fondo y vuelve a dejarlo con una caricia de su lengua. Ya no aguanto más: la levanto y arranco como puedo su pantalón, tiene una tanga diminuta que no es más que un souvenir. La giro con fuerza y le bajo el pantalón y la tanga hasta sus muslos.

 

Ella no para de sonreír, de gemir un poco. Sus manos y su pecho contra la pared, la espalda arqueada y su cola a mi disposición: es perfecta, sus curvas, la textura de su piel, la espalda baja que parece tallada en mármol. Voy a reventar, no logro aguantar un segundo más. Enfilo mi verga contra su vagina húmeda, está inundada, y entro con violencia.

 

Debía entrar muy suave, era la primera vez. Pero la pasión me desbordó y entré sin compasión. Le encantó, se sintió como si fuera su primera vez, como si algo se hubiera desgarrado. Gritó un poco y me miró de reojo, con rabia y deseo. Recuerdo con claridad que me dijo “viólame”.

 

Sentí rabia, me estaba retando, gemía y se reía, jadeaba y pedía más. Entre más rabia sentía, más duro la embestía. Se reía de mis intentos de lastimarla y yo reaccionaba con más violencia. Gemía de dolor y de placer. La agarraba del pelo, del cuello, de la cintura. Y entre la locura desatada, sólo podía susurrarle una cosa al oído: “te amo”.

 

“Despierta” sonaba una voz en mi cabeza.

 

No hay sangre en mi cuerpo, no hay un olor diferente al mío, no hay ninguna evidencia de haber estado acompañado. Despierto en casa de mis padres y ellos me tratan como si no hubiera salido en semanas. Tengo algunos dolores, pero no son de sexo salvaje. En mi celular, tengo mensajes pidiéndome correos, formatos, listas y números. No entiendo si vivo con una mujer volcán que hace erupción cada noche o si soy un oficinista recatado que sueña con ella.

 

“Despierta” me repito una y otra vez.

 

Y ¿si solo soy un escritor que imagina dos vidas? Tal vez sólo soy un hombre frente a un teclado. Cada día proyecto mis deseos sobre la pantalla en blanco y los voy viviendo a medida que los escribo. Construyo con palabras a la mujer de mis sueños y con esas mismas palabras la amo hasta convertirme en el amor mismo: mis palabras se convierten en mi corazón y se lo entrego a ella sílaba por sílaba.

 

“Despierta” repite el universo una y otra vez.

 

Abro los ojos a media mañana y ella está a mi lado, su rostro es de total tranquilidad, su piel brilla con los rayos de luz que entran por la ventana, su cabello está en llamas. La veo dormir plácidamente, desnuda, perfecta. Me acerco a su cuerpo caliente y siento ganas de despertarla, pero me contengo, sólo le doy un beso suave y salgo de la cama. Camino desnudo hasta la cocina, tomo agua y regreso. En el escritorio está mi pc encendido con un texto a medio escribir. Me quedé hasta tarde y soñé con el texto.

 

Vuelvo a ella, tiene sangre en sus piernas y la sábana está manchada en diferentes partes. Miro mi cuerpo y encuentro rastros por todas partes. Busco su rostro, tiene una sonrisa de satisfacción y me dice sin abrir los ojos:

 

  • Buenos días, mi amor.

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