top of page

Teoría del segundo espejo

Un viernes a la tarde cualquiera, de esos que nos llevan a preguntarnos:

 

  • Una pola ¿o qué?

  • Jajaja soy materia disponible, mi therian.

 

Uno de esos, me llevó a caminar por la ciudad: tal vez una de las cosas que más amo hacer aquí. En ese momento, sólo disfruté de la experiencia: las luces, los rostros, las miradas. Cientos, miles de miradas que no se cruzan. Se ofrecen disculpas si, por accidente, los ojos de uno se estrellan con los de la otra y rara vez hay complicidad, casi siempre hay un rechazo que les obliga a reaccionar.

 

Cabeza abajo, mirada al celular, al libro, al piso o al universo. Donde quieras, loco, pero nunca a los ojos de alguien más. Cada mirada esquiva, segundo a segundo por toda la ciudad, hacen que Nueva York se convierta en una ciudad de una sola mirada: la tuya.

 

Sí, la única mirada que puedes sostener, en esta ciudad, es la tuya. La tuya propia, como dirían por acá. Cuando te paras frente a un edificio de cristal, alto como un precipicio, en una tarde soleada de estas niuyorquinas en las que sólo se ve una bóveda azul celeste, con hilos espumosos blancos, trazados delicadamente por los aviones que visitan la ciudad.

 

Justo ahí, mirándote a los ojos, vas a poder disfrutar de la única mirada que alguien te va a sostener en este infierno celeste. Personas como yo, sin vínculos sociales muy fuertes, no encuentran miradas que se sostengan por más de dos segundos y que no sean para comunicar compasión.

 

Infinitos rostros de porcelana con miradas perdidas en el universo o enjauladas entre su grupo de amigues. Tienes la suerte de tener una mirada amable con los turistas perdidos que se alegran cuando les hablas en su lengua.

 

Siempre me gustó encontrarme con mi mirada de frente, buscando qué había allá en el fondo. Recuerdo que cuando era chico, tal vez con trece años, me paraba frente al espejo del baño en la casa de San Mateo. Me quedaba ahí muchísimo tiempo, mirando mis ojos y mi rostro, casi sin parpadear, y empezaba a preguntarme ¿hay alguien ahí dentro? ¿Por qué yo sigo en movimiento aquí adentro si el del espejo está petrificado?

 

Cuando era más chico, me miraba de lado y me gustaba, pero después de los accidentes jugando fútbol, no me gustó más. Entonces evitaba verme de lado. Creo que perdí perspectiva. Mirarme de frente cada instante me enceguece, a veces no me soporto. Y luego, una versión de mi voz me dice “tranquilo. Trátate con amor”.

 

Narcisista, egocéntrico, prepotente, sobrado, agrandado, pedante, insoportable.

 

Decidí raparme la cabeza hace unos días. Fue muy extraño reconocerme calvo. Y empecé a pensar en cómo nos ven los demás. No me refiero a la configuración de la personalidad sino a la percepción sensorial de la imagen. ¿Cómo su retina recibe una información de luz (sin datos) y la convierte en color, profundidad, dimensión? La lleva al quiasma donde se desconchinfla toda y la baja en cables de datos hiperdiminutos que saben qué información llevar a qué parte del lóbulo occipital, para que la estimulación entre las neuronas cargadas de datos convierta toda esa luz en un rostro.

 

Qué hijueputa proceso tan complejo, para que ese rostro, además, esté atravesado por unos juicios de valor asociados al color de la piel, de los ojos y del pelo. Y todos esos juicios se incrustan en entramados infinitos de ideologías consolidadas sobre la raza, la belleza y capacidad económica para decidir si eso que ven es lindo o es feo.

 

Y los pocos consensos generales sobre la belleza y sobre la fealdad, son constructos semióticos llevados al rótulo de estereotipo. Y si todo esto fuera poco, no podemos dejar de vernos a nosotros mismos desde una única mirada, la nuestra. Vemos nuestros rostros desde otra mirada sólo en fotos y videos, pero desconocemos los filtros sociales de quien toma la foto y de todos quienes nos rodean.

 

Perdón, me puse dramático. Volvamos a la mirada frontal. Mi nuevo luc me obliga a usar dos espejos para raparme la cabeza. Y no me gusta el man que veo en el segundo espejo. A veces sí, tiene sus momentos. Pero, en general, no. ¿Ya se la pillaron, cierto? No me gusta cómo me ven los demás. No me gusta mi imagen en el segundo espejo. Todavía no me he aceptado del todo. Todavía creo que soy el de la mirada frontal. Todavía no me amo lo suficiente como para aceptar algunas partes de mí.

 

Quiero ser aceptado por otros, pero yo no me he terminado de aceptar. He hecho las paces con muchos aspectos de mi vida y me siento orgulloso de las cosas buenas del camino. Pero todavía me preocupa más lo de afuera que lo de adentro.

 

Creo que me daré la oportunidad de conocer al tipo del segundo espejo.

 

Ya he enfrentando muchos demonios, tal vez sólo me falta enfrentarme a mí mismo.

 

Disculpen las molestias, estamos trabajando para brindarle un mejor servicio.

  • LinkedIn Social Icon
  • icono-gmail
  • YouTube Social  Icon
bottom of page