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La casa de los abuelos

  • Jojojo

  • ¿quién es?

  • Soy Papá Noel

  • Llegóóó, llegóóóó

 

Todos los 24 de diciembre a media noche, entra por la puerta principal un hombre de traje rojo y barbas blancas, cargando una bolsa grande llena de regalos. Todos los niños están encerrados en la habitación del primer piso y, cuando salen, gritan de la emoción de ver a Papá Noel.

 

Los niños de las casas vecinas siempre se acercan a ver qué está pasando. Se ven sus caritas pegadas a la ventana o asomándose tímidamente a la puerta. No pueden creer que Papá Noel siempre llegue en punto de las doce a la casa de los Rodríguez.

 

He visto esa escena más de cuarenta veces, la tradición empezó antes de que yo naciera. Ya les he contado que tengo una familia numerosa: casi un centenar entre primos y tíos, más otras cuantas decenas de parejas. Todos hemos sido ese Papá Noel, todos hemos practicado el jojojo y aprendimos a llenar el traje con una almohada para simular barriga, aunque algunos no la necesitaban.

 

Cuando yo era chico, a mis 10 o 12 años, fácilmente había en esa sala unos 20 niños, más nuestros padres y amigos. Una sala de 4x4 en la que caben 10 personas cómodamente, aguantando el alboroto de más de 40 locos compitiendo por quién hace más desorden.

 

Y los que no cabían en la sala, estaban en la cocina, en el pasillo, en el comedor, en las escaleras o en la habitación. Y los que fumaban, afuera, pero con la puerta casi cerrada porque el frío de Sibaté a media noche no es para cualquiera.

 

La familia llegó al barrio entre finales de los 60 e inicios de los 70. Venían de La Dorada, Caldas, y habían pasado un tiempo corto en un barrio de Bogotá. Y el abuelo, muy politizado siempre, se consiguió ese lote en medio de montañas y al lado de un riachuelo. Todas las calles estaban destapadas y el agua llegaba en carrotanques. Aunque ellos se las ingeniaron para tener agua en la casa.

 

Antes del adoquín en la cuadra, el asbesto en los tejados y el pavimento en la vía principal, todo era tierra y mucho verde. Tanto verde que frente a la casa teníamos un jardín con árboles enormes a los que nos subíamos: colgábamos columpios, agarrábamos frutos medio amargos, algunos bajábamos más rápido que otros y luego llorábamos por el golpe.

 

La casa se fue haciendo de a pocos hasta completar tres pisos. En el tercero hay una terraza con todo lo que nunca quisieron botar: podríamos sacar cada cosa y recordaríamos décadas de historias en ese barrio.

 

La primera “versión” de la casa fue perfectamente funcional, aunque medio atropellada, sin acabados de lujo ni materiales finos. Se fue transformando con el tiempo, curiosamente, se reformaban partes cada vez que volvía alguien que había estado fuera mucho tiempo: las escaleras cuando vino mi tía Cecilia, una habitación del segundo piso cuando vino Widad y otra cuando volvió mi tía Marina. Bueno, con el regreso de mi tía fue la habitación, el baño y el closet (que antes era otra habitación llena de recuerdos y polvo).

 

Las habitaciones tienen nombre: la habitación de mi tío mono, que no se llama así porque allá nadie se llama como lo llaman. La habitación de mi tío Humberto que no se llama Humberto. Y la habitación de la abuelita que no se llama abuelita.

 

Se agrandó la sala, se cambió el lugar de la puerta del baño y se han sacado chécheres por décadas. Se cambiaron todos los muebles de la sala por una inundación, después de que canalizaran la apacible quebradita en la que Andrés Julián aterrizó de cara y todos dejamos un zapato o la dignidad, después de caer sentados en el agua podrida.

 

Casi siempre hubo perros, hasta que llegó el matriarcado y cambiaron a gatos y gatas. El abuelo nos acompañó hasta el 2001, recuerdo que tenía dos perros, Mister y un perro negro cuyo nombre no recuerdo. Y luego, mi tío mono trajo a Killer, un Rottweiler hermoso: mi tío tenía una moto Hyosung 125 y parecía el Renegado (Lorenzo Lamas) andando en ella (hasta que se pegó su raspón y sufría con las inyecciones cuando iba al médico). Recuerdo bien cuando llegó con Killer cachorrito dentro de una maleta militar verde oliva.

 

Ese perrote grandototote y fuertototote fue criado con la disciplina del abuelo y la nobleza de la abuela. De Killer sólo tenía el nombre porque era más miedoso que todos los demás perros de la casa. Y luego hubo más, muchos más. Una prima dijo:

 

  • Jum, perro sucio que ve en la calle, perro que quiere llevar para la casa.

 

Nunca supimos de qué estaba hablando.

 

La tradición de Papá Noel aún se mantiene. No recuerdo un año en el que no haya habido un bebé recién nacido, algunos años ha habido tres o cuatro al tiempo. Dos de mis tías ya no están, tampoco está la nieta mayor. También nos han dejado un par bisnietos. La gente ha tomado su camino y muy pocos siguen viviendo en el barrio. Algunos nos vinimos para Estados Unidos, otros prefirieron Europa y África. Hubo gente en Asia y Oceanía, pero ya no están por allá, quizá vuelvan.

 

La última vez que nos reunimos muchos fue en 2023, unas setenta personas, pero no fue en la casa de los abuelos.

 

Yo voy a la casa en vacaciones. Todas las calles están pavimentadas. Talaron todos los árboles del jardín, parece que ya nadie lo limpiaba y estaba hecho un botadero. Todavía me encuentro con algunos vecinos que me vieron crecer:

 

  • Señor Rodríguez, ¿cómo está usted? – me saludan amablemente. Tal vez no saben mi nombre, pero saben que soy parte del clan.

 

Sigue haciendo frío en el barrio, mucho frío. Y la casa se siente aún más fría porque el sol no logra calentar tanto ladrillo reforzado durante más de medio siglo. Antes me parecía que los espacios eran enormes y que podíamos correr y gritar por todo lado, sin molestar a nadie. Jugábamos a la lleva y le dábamos vueltas a la nevera. Siempre se caía algún niño y los padres esperaban el llanto para ver a quién le tocaba pararse para ir a atender a su retoño (casi siempre lloraban los mismos).

 

Ahora camino por la casa en silencio y escucho el eco de mis pasos. De niño, ni siquiera podía escuchar mis propios pensamientos. Sólo había silencio el siglo pasado cuando empezaban las noticias y la abuela nos decía:

 

  • Sssshhhhiiiito que están en las noticias.

 

El abuelo no fallaba emisión y tocaba jugar sin hacer ruido.

 

Más de cinco décadas de historias en un mismo lugar. Estoy seguro de que todos tenemos un recuerdo en cada rincón de la casa. Yo visito mis recuerdos cuando voy: me veo en el comedor, feliz tomando sopa; me veo en la cocina recibiendo buñuelos a escondidas; me veo en la sala gritando el 5-0 contra Argentina, el 5 de septiembre del 93 (mi tía Esther había apostado a que Colombia perdía 2-0); me veo en la habitación de abuelo, tomando su mano en 2001; me veo en la terraza, moviendo la antena de espina de pescado mientras alguien gritaba desde abajo “aaahííííí”.

 

Los recuerdos habitan la casa. Aunque ya pocas personas van. La abuelita tiene 94 años, a veces está allí y a veces en casa de alguno de sus hijos. Su memoria falla a ratos y no debe estar solita, además ese frío hace que le duelan la cabeza y el costillar. Sarita sigue en casa, pero su estudio le exige pasar algunos días fuera. Había dos gatos: Rennes y Toulouse, pero creo que uno se perdió.

 

Por suerte, siguen llegando bebés, están Victoria y Liam, los tataranietos más jóvenes, la mayor, Marianita, ya va por la mitad del bachillerato. Rara vez, la casa se llena de gritos como antes, pero cada diciembre, sin importar si ya estamos grandes y vamos pocos, seguimos esperando que sea la media noche del 24 para llevar a los niños a la habitación, mientras que Papá Noel se prepara.

 

Suena la puerta y alguien pregunta:

 

  • ¿Quién es?

  • Jojojo soy Papá Noel. Vengo a traerles unos regalitos.

  • Ya llegóóóó – gritamos todos emocionados y nos acomodamos en la sala.

  • ¿Sí se portaron bien este año?

  • Sííííí… puessss, bien bien, deje así, mejor no pregunte maricadas….

  • Bueno, empecemos: ¡de Papá Noel para Valeria!

  • Nooooo, eso es rosca, siempre la pecueca con más regalos que los demás.

 

  • Ay yaaaa, tan bobos, no ven que es mi cumpleaños.

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