top of page

El migajero

 

Dignidad, es la primera palabra que me viene la mente cuando pienso en este tema. Un migajero renuncia a su dignidad a cambio de un poco de eso que tanto anhela.

 

Nunca había sido tan difícil empezar un texto. Nunca lo había aplazado tanto. Me avergüenza aceptar que he sido un migajero tanto por sexo como por cariño. Me doy asco cada vez que pienso en todo lo que he hecho por una microdosis de mi vicio.

 

Cuando era chico y me gustaba alguna mujer, le regalaba dulces, le escribía algún texto corto y le compraba algún regalito insignificante con tal de llamar su atención. Esta puta sociedad normalizó todos esos comportamientos y los metió dentro de la categoría “romanticismo”.

 

Y a los hombres que regalábamos flores, osos de peluche y dedicábamos canciones, nos llamaban caballeros, cursis, enamoradizos, conquistadores… y todas esas palabras parecían positivas, pero sólo maquillaban la herida del rechazo.

 

Si la atracción, el interés y el deseo no son mutuos, no hay nada. Punto final. Y eso se sabe prontico: la atracción física cae en la trampa social de los estereotipos: flaca, alto, voluptuosa, varonil, bella, atlético… y la gran mayoría de humanitos que no entramos en esos cánones de belleza, tenemos que recurrir a la labia, a la seducción, a conquistar y a convencer.

 

Me parece patético tener que demostrarle a otro que uno merece una mirada y puede ser elegible. Es una mierda sentirse rechazado y tener que recurrir a las palabras para convencer.

 

Si el otro o la otra no ven lo que uno tiene para dar, pues no son para uno y ya.

 

Pero la herida duele, uno no quiere ser rechazado, sea porque quiere sexo o porque cree que encontró el amor. Igual de patéticas y absurdas las dos situaciones.

 

Y empieza la conquista, la invitación, las palabras lindas, las atenciones, el interés por el bienestar del otro. Y su ego se infla y se infla: “está loca por mí”, “lo tengo comiendo de la palma de mi mano”.

 

Y uno hace de todo por recibir algo a cambio, migajitas; y el otro da un poquito para que la paloma no se le vaya y luego se pierde para que no crea que ya coronó.

 

Cada uno más estúpido que el otro.

 

Mi intolerancia al rechazo ambiguo me hizo pasar noches enteras en la casa de una vecina que no tenía ningún interés por mí, pero que disfrutaba de la atención que le daba. Duró años compartiendo tiempo conmigo, mientras construía vínculos sexoafectivos con otros. Y yo sólo era el payaso que estaba esperando el milagro.

 

Luego de años de humillación, desarrollé una rabia hacia ella que me duró más de veinte años. Y puedo decir que ya no me importa, pero necesité una conversación muy larga en la que asumimos nuestras responsabilidades y nos perdonamos por tanto daño.

 

Luego, seguía pasando, pero la forma era diferente. Yo insistía e insistía hasta que obtenía lo que quería. Luego de eso, perdía el interés e iba detrás de la siguiente frustración. Pareciera que asumí los rechazos como retos que debo superar y me prometo no descansar hasta lograrlo.

 

Hace años, una mujer que me gustaba muchísimo, me dijo que nos viéramos a las 5:00 pm en un centro comercial. Ella iba a estar tomando algo con sus amigas y a esa hora quedaba libre. Yo llegué a las 4:00 pm porque no quería que me dijera que se había ido antes por alguna razón.

 

Le tenía muchas ganas y era la última oportunidad de obtener algo de ella antes de que cada uno se fuera a vivir a un país diferente. Le avisé temprano que ya estaba por la zona, que me escribiera cuando estuviera libre. No me respondió.

 

Llegaron las 5:00 pm, no le escribí para no parecer desesperado, pero lo estaba. En serio quería estar con ella, pero yo no le gustaba y había aceptado salir conmigo un par de veces, sin mucho interés. Aunque cuando estábamos juntos, la conversación siempre fluía y algo pasaba.

 

Las 6:00 pm, las 7:00 pm, nada. Tres horas luchando con mi mente, haciéndome daño, tratándome mal por ser tan arrastrado, por no tener dignidad. Prendí el carro mil veces y lo volví a apagar. No fui capaz de irme.

 

Me escribió a las 9:00 pm., convencida de que ya me había ido. ¿Quién con un gramo de dignidad la habría esperado cuatro horas? Pues yo la esperé cinco. Respondí tranquilo, elegimos una esquina, ella llegó al carro y valió cada maldito segundo que la esperé.

 

Todavía nos escribimos y planeamos cosas que nunca van a pasar. Y yo justifico mi arrastrada con las migajas que recibí. Sólo fueron sexuales, así estaba planeado y los dos quedamos “bien” con eso.

 

Lo peor de ser migajero es la ansiedad, estar siempre disponible, salir corriendo si el otro quiere algo, no poder decir que no. Es horrible no poder armar una agenda para la semana, porque si ella me dice que finalmente sí quiere verme el miércoles a las 2:00 pm, yo dejo botado hasta el trabajo.

 

Es horrible vivir enojado conmigo mismo, repetirme una y otra vez que ya no más, que se acabó; que no le volveré a escribir; que, si me escribe, no le voy a responder; y si me la encuentro, la voy a saludar como si no me alegrara de verla.

 

Y toda esa batalla en mi cabeza me envenena, me hace daño, me duele un montón. Y lo peor es que nada de eso pasa. Todo se convierte en el recuerdo de una ilusión que me hizo daño. Me lastimé sin piedad por algo que nunca pasó.

 

Mi actual tormento ya me dejó todo claro: no le interesa tener una relación conmigo, no me ve como yo quiero que me vea y no va a pasar en el futuro; no es que a ella no le nazca dar, es que no le nace darme nada a mí; se siente incómoda con mis muestras de afecto; le molesta que la proteja como si fuera una porcelana; no me desea sexualmente, sólo siente curiosidad sobre cómo sería follar conmigo por todo lo que la he buscado por más de 13 años; no le atraigo, sólo estoy siempre a su disposición e imploro que se alinien los planetas para que me dé algo. (Ya sé que escribí alinien y no alineen, pero es que así lo digo).

 

Aún así, sigo aquí, dando la batalla. Ya acepté que no vamos atener una relación de pareja, ya acepté que no me desea sexualmente, ya acepté que mi presencia en su vida no le suma casi nada.

 

Quisiera aprender a ser su amigo, sin estar siempre deseando algo más.

 

Lo más irónico de todo es que hay una mujer maravillosa que quiere una relación bonita conmigo y que está dispuesta a lo que sea por eso. Pero a mí no me despierta emoción. Es un mal chiste del destino: no muevo un dedo para ir a verla, no le mando un mensaje, sólo quiero que esté muy bien, pero sé que sufriría mucho a mi lado y no quiero cargar con esa culpa.

 

Puedo ser una pareja detallista y leal, puedo apoyarla en sus proyectos y crecer a su lado. Pero si mi tormento me manda un whatsapp, me vibra el mundo, aunque el celular esté en silencio. Y hasta que yo no me libere de esa prisión, no podré tener una relación sana con nadie.

 

De corazón, quisiera tener una relación bonita en la que todo sea mutuo, en la que los dos desbordemos interés y la intensidad sea nuestro alimento. No quiero estar mirando el celular cada treinta segundos a ver si me escribió y no me di cuenta. No quiero estar desbaratando mi agenda para verla un ratico, porque lo único que tiene para darme son migajas y yo estoy absurdamente dispuesto a entregarle cada segundo de mi vida.

  • LinkedIn Social Icon
  • icono-gmail
  • YouTube Social  Icon
bottom of page