
Edson David
Rodríguez Uribe
Mis viejitos mochileros
Sin lugar a dudas, éste ha sido el viaje más hermoso de mi vida. Muchas gracias a todas las personas que nos acompañaron y enviaron mensajes bonitos durante estas semanas. La recarga de felicidad que me ha dado este viaje con mis padres puso en su lugar todas mis prioridades y preocupaciones.
Mis chinitos son personas hermosas, humildes, sinceras. A veces los veo como niños de cinco años descubriendo el mundo, a veces como sabios milenarios que tienen todas las respuestas.
Siempre hemos sido de clase trabajadora, nos ha costado llegar a fin de mes y tener un pasaporte fue, hasta hace poco, un privilegio reservado para otros.
Nosotros éramos los que llevábamos a la gente al aeropuerto, les deseábamos feliz viaje y nos conmovíamos hasta las lágrimas de felicidad de ver a los demás cumplir sus sueños. Pero pensábamos que, en esta vida, no nos iba a tocar vivirlo a nosotros.
En 2013 tomamos la decisión de hacer cambios: dejar la casa en la que habíamos vivido 25 años, reinventar nuestros trabajos, cambiar nuestros hábitos. No nos dimos cuenta de que nuestra identidad misma cambiaba.
Mi padre logró su título profesional a sus 63 años y luego hizo una especialización. Empezó a enseñar lo que aprendió en más de cuatro décadas y dejó a un lado su ego para adaptarse a las nuevas condiciones de la vida.
Mi madre aprendió un nuevo idioma a sus 60 años y tradujimos juntos literatura italiana. Ahora, a pesar de su infinita timidez, tiene conversaciones en italiano y en inglés, y les ayuda a mis tías y a mis primos a que aprendan sin importar su edad.
Nos convencimos de que tener un pasaporte no era cosa de millonarios, pedimos la visa contra todo pronóstico y planeamos un viaje juntos para cumplir muchos de nuestros sueños: el mío, salir de mochilero con mis padres, el de ellos, conocer un mundo que solo habían visto en la televisión.
Con toda su valentía y curiosidad, con 70 y 63 años de edad, mis viejitos estrenaron su pasaporte y entraron a Estados Unidos por la Florida. Un par de maletas y tanta felicidad que nos conmovemos hasta las lágrimas a diario.
Para mí, verlos emocionarse me llena el corazón y me da un motivo para ser el mejor hijo posible. Amo ver a mi padre payaseando en cada esquina, hablando hasta por los codos con desconocidos y animando a mi mamita a hacer cosas que a ella la paralizan de miedo.
Y mi niña es la luz de mis ojos. Todos los días me pregunta “puedo…” con total respeto a las reglas de un lugar nuevo. Se emociona muchísimo al encontrarse con los hermanos de su congregación y baila de felicidad de descubrirse capaz de hacer cosas que nunca había ni siquiera soñado.
“Quién habría pensado que yo iba a estar aquí”, “nadie me va a creer cuando le cuente que hice esto”, “no era tan difícil como yo creía”, “tenemos un mundo por conocer”.
Éstas son solo algunas de las frases que me han llenado el corazón al punto de llorar juntos, abrazados y agradecidos de haber tenido la improbable suerte de compartir esta vida.
Ya sabemos que podemos. Queremos seguir viajando juntos. Yo ya soy un viejo más. Y quiero destinar cada segundo de mi tiempo y cada centavo que me gane a compartir las maravillas del mundo con mis padres.
Nunca he sido tan feliz. Solo lamento no haber podido empezar a viajar con ellos antes. Ahora sólo pido que los tres tengamos salud física y mental por mucho tiempo para seguir descubriendo el mundo.