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Designios

Nuestros valores supremos son nuestra libertad, nuestra capacidad de decisión y la conciencia que hemos desarrollado como especie. O, quizá, nuestro valor supremo es la capacidad convencernos a nosotros mismos de que somos libres, podemos decidir y somos conscientes del mundo que habitamos y que nos habita.

 

Me pregunto ¿Elegimos cuándo nacer? ¿Cuándo morir? ¿Cuándo enamorarnos?

 

Es posible, pero no tenemos tantas certezas. Tenemos la ciencia moderna que todavía no puede explicar la arquitectura egipcia ni la inca, el impreciso calendario babilonio comparado con el azteca y la medicina que daña una cosa para arreglar otra.

 

Estamos limitados por nuestro cuerpo. Experimentamos el mundo a través de nuestros sentidos, tanto los que tienen órganos físicos como la visión y el tacto, como los que construye nuestro cerebro como el equilibrio y la orientación.

 

Hay un universo perceptible finito debido a nuestras limitaciones físicas, aunque inventemos telescopios y audífonos, lo que alcanzamos a captar es tan sólo una gota de agua en un océano de estímulos del que no somos conscientes. Y, con ellos, pretendemos explicar el funcionamiento del todo.

 

¿Y lo demás? Algunos lo llaman dios, importa poco si es antropomorfizado o no. Una energía que sentimos, sabemos que está allí, pero no podemos explicar. Y dado que vivimos en el reino de las palabras, creamos algunas como fe, ilusión, esperanza, amor.

 

Y la fe mueve montañas, la esperanza nos ayuda a soportar las situaciones más difíciles y el amor es el gran motor que todo lo mueve. Pero la ciencia no puede explicar el funcionamiento de estas fuerzas, así que las dejamos por fuera de los planes de estudio con los que creamos el mundo moderno.

 

Sin embargo, no hay arquitectura que levante pirámides si no es por llegar a los cielos donde habita el dios del arquitecto. No hay brazo robótico que se diseñe si no es para volver a ver sonreír a la hija del ingeniero. No hay grandes barcos o aviones que se construyan si no es para ver a la persona amada al otro lado del mundo.

 

Ponemos todo lo que sabemos al servicio de lo que creemos y soñamos.

 

Creemos, es decir que vemos en nuestra mente lo que aún no ven nuestros ojos.

Soñamos, es decir que experimentamos en nuestro ser lo que aún no perciben nuestros sentidos.

 

Y ¿qué tal si, al creer y soñar, estamos dibujando el camino que queremos que recorra nuestro cuerpo físico?

 

Nuestro querido Garnier lleva décadas repitiendo que el pensamiento es energía. Y recordándonos a Einstein que murió repitiendo que la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado. Es decir que toda masa, como nuestro cuerpo, se convierte en energía al ponerla en movimiento.

 

Pero como toda ecuación es un equilibrio, la energía también se convierte en masa. Y si el pensamiento es energía, nuestros pensamientos son materializables cuando se les aplica la velocidad correcta.

 

Pero mi cuerpo no puede llegar a la velocidad de la luz al cuadrado y menos con este dolor de rodilla que me agarró después de los cuarenta. Sin embargo, mis sueños no tienen cuerpo, por tanto, no tienen límites físicos que me impidan materializarlos.

 

Y todo esto para decir que mi cuerpo físico ha utilizado cada célula para buscarte, para sentirte y disfrutarte. Pero mi cuerpo etéreo te conoce bien, desde antes de experimentar el roce de tu piel. Mi yo incorpóreo está conectado al tuyo y vibra con él, no sabemos desde hace cuánto tiempo, si es que el tiempo es una medida válida para los seres que somos fuera de esta piel.

 

No tengo la menor idea consciente de cómo funciona la sensibilidad de los cuerpos energéticos. Mucho menos sé, con mi limitada comprensión actual, qué les pasa a todos los demás que soy cuando este cuerpo finito se acerca al tuyo.

 

Pero sé, no sé cómo ni por qué, que cuando estoy entre tus brazos, mi mente se calma y mi corazón se acompasa. Mis dolores se van y el tiempo desaparece. Mis responsabilidades pierden importancia y la incertidumbre sobre el futuro se vuelve fascinante.

 

Es como si todos mis yos, el ancestral, el energético, el de los sueños, la voz en mi cabeza, todos, se sintieran en casa.

 

Tu abrazo cálido y tus besos húmedos son el deseo de todos los que he sido. Te he buscado, no a tus ojos ni a tus labios, he buscado la sensación que me produces. No quiero mariposas en el estómago, quiero escuchar tus palabras en todas tus voces, quiero verte sonriendo de felicidad y exhalando de placer. Quiero sentir tu respiración tranquila y poner mi cabeza en tu pecho para descubrir que el segundero más preciso es el tum tum de tu corazón.

 

Quiero contar con lujo de detalles lo que ha pasado en mí desde que vi tu silueta en la oscuridad por primera vez, pero me reservaré ese placer para después.

 

Por ahora, sólo quiero decirte que yo sí elegí nacer. Y decidí hacerlo en Bogotá en los años ochentas, decidí no ser futbolista sino profesor, decidí hablar español y enseñar italiano. Decidí soñarte, dibujarte en mi mente, imaginar conversaciones infinitas y orgasmos anhelados.

 

Elegí ser este que soy para poder conectar con esta que eres. Y luego de crones y eones de tiempo siendo energía que busca energía; y luego de décadas viviendo en este cuerpo prestado, finalmente puedo decir que estoy en casa, decidido a amarte desde antes de

saber que existías.

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