
Edson David
Rodríguez Uribe
Kínder
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Hola ¿cómo van? – dije, como si nos conociéramos de toda la vida.
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Todo bien, ¿Cómo vas? – me respondió Meli, con naturalidad.
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Súper, imagínate que se me quedaron mis onces ¿me das de las tuyas?
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Claro, ven, traje para compartir.
Han pasado más de treinta años desde que la vi por última vez. Todavía la recuerdo jugando con sus amiguitas en el patio del colegio. Ella se movía con gracia y todos suspirábamos al verla pasar. Siempre tenía algún niño detrás, regalándole dulces o invitándola a jugar. Pero ella nunca se dejó comprar por un dulce.
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Tal vez dos, pero por uno solo no. Jajajaja
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Y ¿por tres? ¿Lo que sea? Jajajaja
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Jajajaja no no, tampoco.
Era una morena flaquita, muy flaquita, de cara bonita y sonrisa picante. Ella sabía que cuando se reía, todos la mirábamos y le encantaba. Caminaba por los pasillos del colegio que parecían un laberinto que siempre nos llevaba a los mismos salones. Se perdía por completo durante horas y cuando reaparecía, iluminaba el lugar con su carisma.
Eutimio Jiménez era el nombre del rector, lo recuerdo bien. Eran los noventas. Y este señor, gordito y bajito, hablaba y hablaba en las izadas de bandera. Nadie lo escuchaba, sólo soportábamos el sol y nos desesperábamos.
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Tomen distancia. Estiren los brazos al frente, a los lados. Que nadie se toque con nadie.
Nos molestaba tanto que nos prohibieran tocarnos, yo quería estar cerquita de Ali, pero desde niños nos enseñaron a estar lejos.
Luego entrábamos a los salones en filas, pasando por los pasillos largos, llenos de casilleros y carteleras aburridas. Con mis amigos, siempre quisimos decorar el colegio a nuestra manera.
Recuerdo que, cuando estaba en segundo de primaria, la profesora Cenaida mandó llamar a mi madre, muy preocupada, porque nos habían permitido dibujar algo libremente y yo dibujé un guerrero con muchas armas y con un cuchillo que goteaba sangre hasta formar un charco.
Así chiquitín, me preguntaban que por qué, que si todo bien en casa. Y todo bien en casa. Me demoré décadas en entender que yo había crecido viendo los Thundercats, los Halcones Galácticos, GI Joe, Dragon Ball, los Caballeros del Zodiaco. Batalla, combate y guerra desde el amanecer. Era época de ver Rambo, Comando, los Power Rangers y Mazinger Z.
Yo no veía Sailor Moon ni Ranma ½, así que no había posibilidad de que dibujara algo diferente. Tal vez, quería crear mi propio guerrero que me defendiera del bullying de mis compañeros. Quería decorar el colegio con mis propios dibujos. Todos queríamos una decoración diferente, más poderosa, más real, no tan diseñada para niños bonitos.
Ayer, después de más de tres décadas, volví al colegio. Fue raro volver a caminar por los pasillos, visitar los patios y los salones. Nunca pensé en volver, cuando me decían que el colegio era la mejor etapa de mi vida, yo lo dudaba mucho, siempre quise sentirme más libre: libre de entrar a las clases que se me antojara, libre de salir a jugar al patio a cualquier hora, libre de pasar tiempo con Ali.
Recuerdo bien el momento en el que pensé que el colegio se podía parecer a lo que yo quería que fuera. Fue en la elección del personero, Jonathan era el candidato más fuerte, un muchacho culto que hablaba de cine y de música, no le interesaba el protagonismo, sólo quería hacer cosas chéveres.
La primera decisión acertada fue la emisora. Había dos candidatos muy fuertes, así que el personero se las encargó por días, por horarios y hasta por salones. Los artistas empezaron a usar nombres públicos que nunca soltaron: Tarqvino y Joint4nine se adueñaron del espectro sonoro del cole. Y cuando se animaban a hablar, decían:
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Bienvenidas al Kínder…
Y todos gritábamos de felicidad.
El laberinto del saber se convirtió en el laberinto del sabor. Tarqvi y Joint nos musicalizaron los recreos, mientras aprendíamos y nos divertíamos.
Todos los personeros prometían hacer una piscina y tener más días de JeanDay, pero muchos no teníamos suficiente ropa bonita para vernos bien. Eso sí, cuando teníamos días de fiesta, cubríamos las ventanas con papel periódico y bolsas de basura. Yo bailaba salsa con Karen en un salón y los grandes se movían arrítmicamente en otro.
Con Karen, siempre, nos metíamos a verlos mover sus crestas y sus cuerpos flacos y tonificados. Yo creía que hacían mucho ejercicio, luego me enteré de que no engordaban por una dieta baja en proteína y alta en hierbas mágicas.
Ali siempre fue una artista. Y poco a poco fue decorando el lugar a su manera. A veces un cartel, a veces un grafiti, a veces una muestra de figuras de acción en situaciones raras como una Barbie vomitando o un Guerrero intergaláctico aterrado viendo los cuerpos desnudos de sus oponentes.
Siento que nunca salí del Kínder. Han sido tantos años desde que entré en el 95. El lugar creció conmigo. Su gente rara se fue radicalizando, los profesores y los estudiantes se mimetizaron hasta no saber quién es quién. Las luces brillantes se atenuaron hasta ser lugares oscuros, cálidos y húmedos. Pequeños vientres en los que todos reconectamos con la vibración del corazón.
Me sorprendió volver a ver el bus amarillo y el carro del rector. Ese bus era igual al de Los Simpsons, y hasta Otto seguía sentado al volante, con la misma cara de loco que le vi la primera vez. Todavía estaban los mensajes de amor que se escribían mis amigues.
Volví a ver a Meli, esa niña no paraba de sonreír, siempre muy hábil para los negocios, siempre generosa y de brazos abiertos. Me encantó verla convertida en la mujer poderosa que es ahora, y se casó con Checho, para sorpresa de nadie. Siempre tuvieron una relación rara pero bonita.
Llegamos tarde, como siempre. El lugar ya estaba lleno, era día de JeanDay o, mejor, noche JeanNight. Ir al colegio de noche, treinta años después, es una vaina rara y linda. Yo recuerdo la cancha de baloncesto gigante para mis once añitos, anoche la veía al alcance de la mano.
Llegué a la cafetería con unas ganas terribles de un perro caliente o de algo con mucha carne. Y descubrí, para mi sorpresa, que la cafetería se había vuelto vegetariana.
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No, marica, no puede ser – le dije a Karen que se moría de la risa.
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¿Quieres una pizza vegetariana? – me dijo, burlándose.
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Los vegetarianos valen verga. Se creen la chimba por no comer animales, pero se hacen los maricas con el sufrimiento de las plantas que están vivas, se comunican, se mueven y hasta producen oxígeno para que vivamos. Hay que comer vacas que se están cagando el medio ambiente.
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Jajajajaj literalmente.
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Jajaja sí sí. Bueno, ni loco les voy a pagar todo ese billete por un poco de matas.
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Jajaj bueno, vamos a ver si hay más.
Seguimos recorriendo y recordando. Me encantó el laboratorio de química y física. Lo convirtieron en un gran cerebro, con sinapsis y todo. Con vibraciones reales y mucha gente como neuronas que no se tocan, pero se afectan. Espectacular.
Cada salón tenía su vibra, su ritmo, su cadencia. Karen y yo recorrimos cada rincón, cada escalera, cada ambiente, hasta terminamos en el avión, viendo gente desconocida. Seguramente los vi a todos cuando éramos niños, pero yo sólo me acuerdo de mis amiguitos y de Ali.
Ali…
La noche de JeanNight se nos iba como agua entre las manos. No queríamos que se acabara, sabíamos que debía terminar, pero yo esperaba volverla a ver. Y en el último suspiro, apareció y gritó de emoción. O, tal vez, fui yo quien gritó.
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Aquí están !! – dijo con esa carita de niña buena que me encanta.
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Holaaaa…
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Ay, ayúdame a quitarme este pesado de encima.
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¿A quién? ¿A quién?
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Uish, este tipo nos compró un Tampico y no se nos quiere despegar.
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Jajajajaj, por uno sólo, no, tal vez por dos.
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Jajajajajaj dos o tres.
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Jajajajajaja
Nos quedamos bailando mientras Karen parchaba con Meli.
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Es que no es sólo el Tampico, tiene que haber química. – me dijo.
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Claro, así como entre tú y yo. – respondí, arriesgándome un poco.
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Claarooo, así mismo. – dijo y yo me emocioné.
Sonaba electrónica, tecno, metal, punk o cualquier cosa imposible de bailar en parejas, así que busqué a Karen para que me hiciera el cuarto.
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Veeeen, bailemos merengue. – le dije a Karen y ella entendió de inmediato.
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Sííí, pa para papa papá. – tarareó y empezamos a bailar.
Un par de minutos merenguiando y cambiamos de pareja. Ali soltó una carcajada cómplice y empezamos a bailar juntos. Era el momento, tenía que intentarlo, aunque fuera un beso esquiniado, andeniado, comisura con comisura… uffff, treinta años esperando un pico. Bueno, veinte o quince, no importa. Estoy seguro de que Ali no me recuerda, pero desde niños quería darle un pico.
Luego llegaron Jonathan, Tarqvi, Joint, Victoria y con las que estábamos bailando, se armó plan remate en la casa de Jhonny. Yo, feliz de parchar con las populares del Kínder. Karen, como pez en el agua hablando, riendo y bailando. Y yo, lejos de casa, feliz de ver amanecer junto a Ali, por primera vez.
Nos bailamos un par de salsas y prometimos volver a vernos. Karen pidió el carro para volver a casa y me fui a dormir con una sonrisa en el rostro y el corazón feliz.
Mis recuerdos de infancia tomaron su justo lugar al volver al cole, al Kínder. Por fin, lo vi como siempre debió ser: rebelde, diverso, ruidoso, diseñado y ambientado a nuestro modo, con un poco de todo para todos.
Tal vez por eso me volví profesor, porque soñaba con volver a mi alma mater y verla como siempre debió haber sido.