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Ven, ¡bailemos!

Me regalaste una libreta con una frase de Clarice Lispector en la contratapa que dice “Sueña lo que quieras. Ve a donde quieras ir. Sé lo que quieras ser, porque apenas posees una vida, y en ella apenas hay un chance de aquello que queremos”.

 

Te pedí que escribieras algo en ella. Fue en frío y a quemarropa. Aún así aceptaste y escribiste:

 

“Múltiples vidas en una. Cada que te pienso, me viene a la mente esa idea. Ahora, cada que me recuerdes, ven aquí” Vale 

 

“Múltiples vidas en una”. Y ¿qué tal si en una de esas vidas tenemos una oportunidad de estar juntos?

 

 “Sueña lo que quieras” dice Clarice. Eso hice, abrí la libreta y empecé a soñar.

 

Luego de un semestre sin hablar, sin saber casi nada de ti, me atreví a escribirte. Te extrañaba mucho, te pensaba a diario.

 

Respondiste con mucho cariño, con mucha empatía. Y, muy lentamente, volvimos a tener conversaciones eventuales, todo por chat mientras yo compartía con mis padres el viaje más hermoso de mi vida.

 

Era una combinación perfecta, viajar con mis padres y hablar contigo de vez en cuando. Hace rato entendí que nunca tendremos una relación de pareja, pero quiero que seas parte de mi vida, como amigos, ojalá cercanos. Y, bueno, mi deseo hacia ti no ha cambiado en nada desde que te conocí.

 

Todavía recuerdo cuando te veía llegar e irte con ese tun tun de caderas que me hipnotizaba. Eso no ha cambiado en más de una década, siempre llego primero para verte llegar y comprobar que me sigues embrujando.

 

Sin embargo, nunca he sabido si realmente me deseas o sólo deseo que me desees. Más de una vez hemos compartido momentos íntimos que nunca han llegado a ser algo “concreto”, pero siempre han sido lo suficientemente excitantes para mantenerme a punto de ebullición por años.

 

“Los tiempos de Dios son perfectos” dirían los creyentes. En medio de las conversaciones, me dijiste algo que me costó creer:

 

  • Anoche soñé contigo. Soñé que estábamos en una playa y era como si estuvieras dictando clase.

  • Jajajaja fácil de interpretar, no aprendiste un carajo conmigo y pretendes aprender algo frente al mar.

  • Jajaj tan bobo. Mejor no te cuento el resto.

  • Cuenta cuenta, no me vas a dejar con la duda.

  • Deja así.

 

Y sí, me dejaste con la duda, por lo menos por un par de días. Cuando ya se acercaba el momento de mi llegada a Bogotá, empecé a pintarte planes de todos los colores y salió una conversación que nunca habíamos tenido:

 

  • Genuinamente, me preocupa que quieras hacer muchos planes conmigo y que pase lo mismo de siempre. – dijiste. Lo mismo de siempre es que yo me enamoro, me vuelvo un intenso y te saco corriendo como alma que lleva el diablo.

  • Fresca, yo tengo todo claro. Si quieres, podemos vernos tres veces en los tres meses que estaré en Bogotá.

  • ¿Planes de todo el día?

  • No sé, lo que quieras. Me gustaría el plan ‘peli en casa’.

  • ¿Quieres acá o en tu casa? Sabes que podemos tener un vínculo fuerte y bonito, con límites claros para ambos.

  • Bueno, entonces dime qué tipo de amistad quieres ¿quieres amistad con sexo? ¿sin sexo? ¿sin contacto físico? Pongamos los límites de una vez.

  • La verdad, quisiera pensarlo porque, justo ahora, no lo sé. Mi preocupación siempre será por ti.

  • Lo que yo no sé es si quieres follar conmigo y no lo haces por miedo a que me enamore o si simplemente no quieres y ya. Si no quieres, sólo dímelo y no pasa nada.

  • Ufff, bueeno. Es que no lo hago por no involucrar la emoción.

  • Para mí es más fácil tener sexo sin involucrar la emoción que no tenerlo.

  • ¿Crees que eso aplique conmigo?

  • Lo creo totalmente, sentirme rechazado es mucho peor.

  • Ey, no puedes tener a todas las mujeres que quierasss

  • Pura fama. A veces pienso que quisiera que folláramos una vez como si se fuera a acabar el mundo. Y asumiéramos las consecuencias de lo que pase después. Que, estoy casi seguro, es que podríamos tener una amistad tranquila.

  • Me cuesta un montón !!

  • ¿Qué te cuesta?

  • Sexo sin amor

  • Ay, Valentina. Por favor. Sería más fácil para mí si me dices que no me deseas sexualmente y ya. Pero muchas veces he sentido que sí.

  • Tú te has encargado de crear una imagen que me hace desearlo.

  • Explícame eso.

  • Tener sexo contigo. Tampoco es que te vea como un objeto sexual. Ojo ahí. Me da curiosidad. ¿Recuerdas que te dije que había soñado contigo?

  • Soñé con eso.

  • Hagámoslo.

  • No me veo en el plan de vernos para tener sexo directamente. Me sentiría muuyyy raraaa.

  • O generemos un espacio propicio y veamos si sentimos la química y el deseo. Veamos si fluye.

  • Eso me suena más. Tampoco hemos estado en un espacio que propicie el encuentro.

 

La conversación siguió y se calentó un montón. Los dos terminamos muy arrechos y quedó un plan sin agendar, con todas las probabilidades en contra y muchos detalles como cartas para usar cuando la mano fuera favorable.

 

Llegué a Bogotá y quise verte al día siguiente. Lo que no sorprende a nadie. Compartimos un almuerzo sin mucho tiempo. Llegué primero que tú y te vi acercarte caminando. Tu movimiento de caderas hace que mi mundo se detenga. Es absurdo.

 

Estabas divina, como siempre. Nos dimos un abrazo, entramos a la pizzería, me entregaste la libreta que me habías comprado en Medellín y yo te entregué un nuevo esfero para tu colección. Hablamos de todo y de nada. Estábamos reconectando. Torpes, lentos, sin ritmo.

 

Fue un almuerzo lindo, tranquilo, sin mayores expectativas. Ese jueves, yo iba a verme con un amigo y luego a jugar fútbol. Día armado y confirmado hasta la noche anterior que todo se desbarató y quedé sin plan y medio enojado.

 

Te conté que había quedado libre y me dijiste:

 

  • Esta noche voy a un evento ¿quiere venir?

  • Sí. – respondí sin saber cuál era el evento. Contigo hasta a un trasteo.

  • Es un programa pregrabado en Inravisión. Van dos amigos míos así que compórtate.

  • Oyyeeee.

  • Ahora vas a decir “siempre”. Jajajaja

  • Casi. jajajaja

 

Era un músico andino muy bueno, Lucio Feuillet. Me encantó esa combinación de ritmos tradicionales con ese toque de pop comercial. Y una canción me pegó como si me la hubiera escrito a mí. Luego de eso, pasaron dos semanas en las que supe poco y nada de ti. Trataba de no escribirte para no molestar, traté de proponerte un par de planes, pero ninguno te interesó.

 

Finalmente, un par de semanas después, completamente desesperanzado, decidí soltar una frase que venía pensando hacía rato, pero necesitaba que rechazaras un plan más antes de decirla:

 

  • Oye, ¿dónde vas a ver el partido de Colombia?

  • Uff, ni idea, estoy en un evento en la Julio Mario.

  • Yo lo voy a ver en la 11 con 70, por si quieres venir.

  • Uy no, yo estoy en la 182. Imposible.

  • ¡Estábamos más cerca cuando estaba en Nueva York! – cataplás… tenía que decirlo.

  • No seas exagerado ¿qué harás el martes?

  • Estoy libre.

  • Podemos vernos por la tarde e ir a tomar té o chocolatito.

  • ¿Conoces la Casa de la Paz?

  • Nope

  • Vamos, te va a encantar.

  • Ok

 

El plan quedó armado, no había nada sexual en él, pero te volvería a ver. Yo sé que no vamos a tener una relación, pero me encanta compartir tiempo contigo. Espero que eso no sea muy migajero de mi parte.

 

Llegó el día, causalmente, mi hermano había viajado al Quindío y su apartamento estaba solo. La probabilidad de convencerte de ir era casi nula, pero tenía que intentarlo.

 

  • Oye, tipo 4 salgo de la oficina ¿dónde nos vemos? Es que me vine en moto y en falda, y va a llover, todo mal. – me dijiste en la mañana.

  • Pues, yo voy a estar trabajando en casa del flaco. Si quieres cae aquí, dejamos la moto y subimos caminando o en un Uber.

  • Mmmmm, y ¿vamos directo para allá?

  • Podemos pasar por el Templo a tomar té y luego subimos.

  • Es que quiero un chocolatito. Jajajaja

  • Ven aquí, preparamos chocolate y luego vamos.

  • Mmmm es que no es lo misssmo. Pero bueeeeno.

  • Te mando la ubicación, me avisas cuando estés cerca para salir a recogerte.

  • Ok

 

Es lo más lejos que había llegado en toda mi historia contigo. Incluso llegué a pensar que me estabas jugando una broma.

 

“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, a partir de las tres empezaré a ser feliz. A medida que se acerque la hora me sentiré más feliz” reza El Principito. Y bien lo habría podido escribir yo. Lo que no dice es ¿qué pasa a las 4:15 cuando ella no ha dado señales de vida?

 

Podría escribir libros enteros de todo lo que pasa por mi cabeza. Historias absurdas y dolorosas. Mientras los demás viven una vida tranqui, yo me hago mil películas y me hago daño en serio, sin necesidad.

 

A las 4:25, decidí jugar mi última carta, ya sin dignidad.

 

  • ¿Cómo vas? – dije, muy casual.

  • Uy, apenas estoy terminado aquí. Dame 10 y salgo para allá.

  • Vale, me avisas cuando estés cerca para bajar.

  • Ok

 

Me volvió el alma al cuerpo. Es absurdo darle tanto poder a una persona. Me produces unas descargas de felicidad tan potentes que bien podría considerarte una droga.

 

4:25 más 10: 4:35. Nada

Más otros 10: 4:45. Nada

Más otros 10: 4:55. Nada

 

Solté una risa burlona contra mí mismo. Me traté de iluso y de tonto; sobre todo por haber comprado almohábanas y queso. Asumí que ya no venías y me quedé dormido un par de minutos.

 

  • Ya estoy aquí – dijiste. Y yo quedé en pie como si hubiera escuchado un grito de guerra.

  • Voy – respondí con una tranquilidad impostada.

 

Tenía todo listo, limpio y bonito. En realidad, el flaco había dejado el apartamento en perfectas condiciones.

 

Bajé, fui hasta la esquina, llegué al semáforo y me escribiste:

 

  • No te veo ¿dónde estás?

  • Aquí – respondí, mientras te miraba desde el otro lado de la calle.

 

A veces creo que siempre te describo igual, pero no es cierto, cada vez te veo más linda:

 

Esta mujer es una morena de 1.70 mts con un cuerpo caribe y un ritmo de reina al caminar. Cruzó la calle como desfilando en una pasarela, así es como va por la vida. Tenía unas botas negras de caña alta con una plataforma como de 6 ó 7 centímetros que, sumados a su 1.70 mts la hacían ver imponente. Medias veladas negras aferradas a unas piernotas que me encantan. Si yo fuera media velada, también me aferraría así.

 

Una falda beige diminuta que hacía un esfuerzo sobrefaldístico para cubrirle un culo que debería estar en un museo para que la gente se tome selfis y las suba a sus redes.

 

Y una blusa y una chaqueta, negras ambas, ceñidas a una cintura de guitarra y con un cuello en V que parecía un escote a la medida perfecta para ver su pecho, su clavícula y un cuello larguísimo que sostiene la joya de la corona: un rostro hermoso con una sonrisa pícara y un cabello corto que la hacen ver como una diosa absoluta.

 

Que no se me note la traga. Y con esta pinta cruza la calle y el tun tun de siempre hace que olvide mis líneas y me toque improvisar.

 

Con mis manos formando un encuadre perfecto, empecé a tomarle fotos imaginarias mientras ella se reía y caminaba, caminaba e hipnotizaba. Si yo hubiera estado en un carro, esperando al cambio del semáforo, habría pensado “qué mujeronón y qué tipo tan afortunado”.

 

Llegaste sonriendo, me diste un abrazo y entramos al apartamento. Te pasé unas chanclas para que estuvieras cómoda y puse algo de música en el parlante:

 

  • Tú te encargas de la música y yo preparo el chocolatito – dije, pasándote el celular y sentándome a tu lado en el sofá.

  • Yo ya no quiero chocolate – respondiste.

  • No jodás… ya tengo todo listo.

  • Jajajajajaja no me des opciones, lo preparas y ya, pero si me preguntas, voy a cambiar de opinión siempre.

  • Me rindo jajajajaja

 

Solté una carcajada y me acosté en tus piernas. Tú estabas sentada y tus piernas se veían gigantes cuando las apoyabas en el sofá. Uufff, realmente me gustas mucho.

 

Empezaste a contarme cosas de tu día, mientras jugábamos con las manos. Yo tenía mi cabeza en tus piernas y tú hablabas y te reías. Nos quedamos un rato ahí, me encantó.

 

Dado que no había ninguna intención sexual en nuestro plan, ese simple contacto era más de lo que habría soñado.

 

  • Bueno, yo si quiero chocolate. Así que lo voy a preparar. Sígueme contando – dije mientras me levantaba e iba a la cocina.

  • Aish, bueno, pero yo no quiero.

  • Como prefieras, yo lo preparo y tú decides si tomas o no.

 

Empecé a preparar todo y seguimos hablando un rato más. Disfruté cada segundo. Pensaba que podíamos compartir el chocolate e irnos para la Casa de la Paz. Con eso, habría sido muy feliz.

 

Terminé el chocolate, lo serví y me dediqué a enfriarte el tuyo porque no tomas nada caliente. Y yo tomo todo hirviendo.

 

Llegaste a las cinco. No habrían pasado ni veinte minutos, pero yo recuerdo todo con una luz muy tenue, como si el atardecer se hubiera adelantado para acompañarnos.

 

Nos tomamos el chocolate, hablamos un rato, nos reímos, como siempre, y ya estábamos listos para irnos, casi. Pero, la música que había seguido su rumbo sin control, nos regaló una salsa rosa, de esas que me gustan muy poco.

 

  • Ven, bailemos – te dije en un ataque de valentía.

  • No, yo no bailo.

  • ¿Cómo que no? Si hasta tomaste clases de salsa.

  • No me gusta bailar – dijiste mientras te levantabas a regañadientes.

 

Me abrazaste y agarramos el ritmo de inmediato, bailamos muy pegaditos por unos pocos segundos y mi emoción se hizo presente: erección inmediata. Me tocó acomodarme un poco. Te diste cuenta y te dio risa. No dijiste nada.

 

Mientras bailábamos, me contabas sobre la boda de tu amiga. Yo te escuchaba, lo juro, pero te sentía más de lo que escuchaba. Así que me animé a darte una vuelta lenta.

 

Perdiste el ritmo por completo y hasta se te olvidó lo que estabas diciendo:

 

  • Nooo, pero la vuelta es al ritmo de la música – te dije.

  • A ver a ver, otra vez – te quedaste callada y volviste a girar muy despacio.

 

Cuando ibas a la mitad de la vuelta, recordé el final de la conversación caliente de hacía casi un mes en la que me decías algo que te prendía un montón.

 

Así que te frené a mitad de la vuelta, justo cuando me estabas dando la espalda y me acerqué con mi erección, sin miedo, dispuesto a rozar mi verga con tu culo. La sentiste y me dijiste:

 

  • ¿Qué te estaba diciendo? Ya se me olvidó.

  • De la boda de tu amiga. – Respondí.

 

Te abracé por la cintura y tú pusiste tus manos sobre las mías. Entrelazaste los dedos. Seguimos bailando muy despacio, con mis manos recorriendo tu abdomen y mi verga erecta empujando contra tu culo.

 

Nadie dijo nada, sólo nos quedamos ahí unos segundos.

 

Yo sentí que mi mano izquierda estaba cerca de tus senos, pero fuiste tú la que llevó mi mano derecha directamente sobre ellos, sobre la ropa, empecé a acariciarte.

 

No aguanté mucho tiempo y deslicé mi mano derecha sobre tu piel, bajo tu blusa, lentamente hasta llegar a tu pezón izquierdo que se despertó al contacto de mis dedos. Seguiste en silencio. Hice lo mismo con mi mano izquierda hacia tu pezón derecho.

 

  • Oye, ¿qué haces? – dijiste mientras soltabas una sonrisa

 

No respondí, sólo te giré, te agarré del cabello y te besé con todas las ganas que te he tenido por más de doce años. Con mi mano izquierda tomé tu mano derecha y me la llevé a mi verga que agarraste con fuerza sin dudar. Seguí besándote y con mi mano izquierda abierta, agarré tus nalgas tanto como pude. Una tarea difícil. Mi mano derecha bajo tu falda, directo a la humedad de tu vagina que estaba calientita.

 

Una sonrisa cómplice y nos fuimos para la habitación. Luces prendidas, nunca pensamos en apagarlas. La música seguía sonando. También sonaba un partido de fútbol en el televisor del cuarto.

 

Llegamos al borde de la cama y empezamos a desnudarnos mientras nos besábamos. Descubrir tu piel después de tantos años fue tan placentero que no encuentro palabras para describirlo. Cada vez que caía una prenda, sonreíamos un poco y seguíamos jugando con las manos y los besos. Hasta que estuvimos completamente desnudos.

 

Yo quería hacerlo todo al tiempo: besarte, morderte, lamerte, acariciarte. No sabía por dónde empezar. Te hizo gracia verme y te acostaste boca arriba, desnuda, invitante.

 

Yo había fantaseado con esto tantas veces que parecía un sueño. Lo tomé con toda la calma que pude, me acerqué a besarte y empecé a rozar mi glande con tu vagina que estaba súper húmeda. Respiraste profundo y abriste bien las piernas. Por un segundo pensé que no me había puesto condón, pero no me importó, no lo quería usar contigo.

 

Esa primera penetración fue un viaje en el tiempo, recordé tu rostro de placer de las pocas veces que compartimos hace mil años. Recordé algunos gemidos y exhalaciones y volví al presente. Volví a ver tu rostro desencajarse y tu respiración ponerse a mil.

 

No me frené, entré una y otra y otra vez hasta que te arrinconé contra la cabecera de la cama. Cada vez que te embestía, gemías y exhalabas, volteabas los ojos y te dejabas ir. Recuerdo tus gestos con tanto detalle que podría dibujarlos.

 

Después de un rato corto, me alejé un poco. Te besé el cuello, el pecho, jugué un poco con mi lengua en tus pezones, en tu abdomen, en tu cadera. Me encantó morder tu cadera y sentir tu reacción, un poco a mi mordisco y un poco a mi barba. Seguí bajando sin prisa y me encontré con el tesoro más delicioso que me habría podido imaginar.

 

Tengo que hacer una pausa aquí. Primero para respirar. Segundo para disfrutar del recuerdo. Hay formas y tamaños, sabores y olores, todos somos muy diferentes y es muy difícil comparar. Pero tengo que decir que ni en mis mejores fantasías habría podido dibujar una obra de arte de esta calidad.

 

Se me hace agua la boca de sólo recordarla. Tanto que me sentí tope tratando de besarla, de conocerla. Jugué un poco, exploré un poco, no tanto como hubiera querido. Pero le prometí volver.

 

Luego me puse de pie al lado de la cama. Me alejé lo suficiente para verte sonreír y acerqué mi pene erecto a tu boca. Sonreíste una vez más y abriste grande para tragártelo completo. Una de tantas escenas perfectas que decido inmortalizar aquí, antes de que se pierda en mi memoria.

 

Tu cuerpo espectacular, desnudo, acostado boca arriba, con una rodilla flexionada, la cabeza girada de lado y tu boca bien abierta chupando mi verga como si lo desearas tanto como yo.

 

Han pasado algunos días y siento que todo fue una suma de instantes. Me encantaría seguir allí, pero ahora sólo me quedan imágenes, fragmentos. Y creo que casi todo se perderá en los laberintos de mi mente. Así que trataré de escribir tanto como recuerde, aunque nunca nadie lea este texto.

 

Volví a la cama a penetrarte un poco más y, en un arranque de emoción, te giré y te puse en cuatro, con un movimiento brusco. Te dio un poco de risa, pero aceptaste encantada. Yo estaba extasiado con tu piel, con tu sabor, con tus gestos y tus gemidos. Pero verte en cuatro, con la espalda arqueada, tu tatuaje a la vista y tu culote a mi disposición, me voló la cabeza de inmediato.

 

Empecé a penetrarte con mucha fuerza, me encanta escucharte gemir. Cada envión era más enérgico que el anterior. No quise controlar mis ganas y te di un par de nalgadas con mucha fuerza. A la primera, gemiste de placer, a la segunda, de dolor. Estuve a punto de eyacular adentro tuyo en ese momento, pero la noche era joven y no quería que terminara aún.

 

Me detuve un poco para calmarme y me acosté boca arriba, tú no estabas dispuesta a parar y te sentaste encima mío. Te aseguraste de que hubiera entrado completo y empezaste a moverte con una violencia que combinaba a la perfección con tus gestos de placer. Nunca te había visto esa expresión. Deseaba verla desde que te conocí. Me encantó.

 

Luego te levantaste, te aseguraste de que estuviera tan adentro como fuera posible y empezaste a mover la cadera con ese tun tun que me hipnotiza. Mis manos a tus tetas, bien abiertas y apretando con fuerza. Mientras te movías, yo trataba de almacenar en mi memoria cada fotograma, cada rincón de tu cuerpo, cada sonido.

 

Bajé mi mano derecha para jugar con tu clítoris mientras te penetraba. Tal como lo pensé, estaba intocable. Reaccionaste de inmediato, alejándote un poco. Te quedaste allí un poco más y luego te bajaste con cuidado.

 

No sé si habían pasado cinco minutos o una hora, pero yo tenía mi mente a punto de reventar de tantos datos almacenados y tanto placer experimentado. Pero quería más, muchísimo más.

 

  • Chúpamelo.

 

Sonreíste una vez más y te acomodaste para disfrutarlo. Boca bien abierta y mi verga despareció casi completa. Luego la sacaste para lamerla, para chuparla por los lados, para golpear mi glande contra tu lengua y volver a tragártela. Mientras lo disfrutaba, acariciaba tu espalda, tu tatuaje, tu cuello.

 

Escribo para eternizar, para volver en diez años y recordar la turgencia de tu piel, el volumen de tus piernas y tus gemidos y gritos descontrolados. Qué rico, jueputa ¡!

 

Te volviste a subir, pero no dejaste que te penetrara, te apoyaste en mis muñecas para dominarme. Luego apoyaste tus rodillas sobre mis muslos y me dolió muchísimo. Esperé un poco a ver cómo querías jugar y descubrí que sólo querías tener el control.

 

No era momento de jugar, cerré mis brazos y mis piernas con fuerza, levantándote. Te giré y te puse boca arriba sobre la cama. Puse tus piernas en mis hombros y mis manos en tu cuello, apreté con firmeza. Forcejeaste un poco mientras me mirabas retadora.

 

No me detuve, te embestí con toda la fuerza que pude. Te penetré durísimo una y otra vez. Tus gemidos se convirtieron en gritos y, estos, poco a poco, en llanto. Me asusté horrible, por un segundo pensé que querías que me detuviera. Lo hice lentamente, pero me miraste fijamente y dijiste:

 

  • No pares.

 

Lo entendí todo. Esa era la posición con la que querías terminar. Te penetré tan duro que olvidé todo el romanticismo que me habita, hasta que soltaste un grito mudo y te quedaste muy quieta.

 

Me levanté despacio. Te dejé respirar. Me senté a tu lado y te abracé. Apoyaste tu cabeza en mi hombro y lloraste un poco. Yo estaba muy confundido, no sabía qué hacer.

 

  • ¿Está todo bien? – pregunté con miedo

  • Sí, todo bien.

  • Quiero que tengas un orgasmo.

  • Mis lágrimas no son gratis.

 

Nos quedamos en silencio un rato. Me sentía incómodo sentado, así que me acosté y tú te acomodaste en posición fetal con tu cabeza sobre mi pecho. Cerraste los ojos y te quedaste inmóvil.

 

Te deseo desde hace más de una década. Ver y disfrutar de la desnudez de tu cuerpo es la entrada al paraíso. Pero que te duermas sobre mi pecho luego de haber estado juntos por primera vez es, de lejos, el recuerdo más hermoso de mi vida.

 

Mientras dormías, yo acariciaba tu rostro como si te estuviera dibujando. Luego recorría la curva de tu cintura, tus pezones, tus piernas acurrucadas. Yo sé bien que no vamos a tener una relación de pareja. También sé que la probabilidad de volver a estar juntos es casi nula. Pero ese instante, después de haber disfrutado torpemente de nuestros cuerpos, me da la paz necesaria para morirme hoy mismo.

 

No sé cuánto duró ese momento. Tampoco recuerdo cómo terminó. Tal vez porque, para mí, nunca terminó. Siguió sucediendo en una de las múltiples vidas que vivimos tú y yo.

 

Lo siguiente que recuerdo es que estábamos en la cama, hablando de muchas cosas de la cotidianidad, riéndonos un montón. Peguntándonos cosas simples y cosas importantes. Siempre con nuestros cuerpos en contacto, aún desnudos.

 

  • Tú dijiste que podías separar las cosas. – me dijiste, casi como advirtiéndome.

  • ¿De qué hablas?

  • De no enamorarte.

  • Fresca, yo sé perfectamente cuál es el rol que juego en tu vida.

  • Ah ¿sí? A ver.

  • Soy un amigo que ves cada seis meses para tomar un café, ir a cine o follar. Y nos volvemos a ver a los siguientes seis meses, o un año o dos. Siempre ha sido así.

  • Ja

 

Llegaste a casa a las cinco de la tarde. Entramos a la habitación a las cinco y media, tal vez. La primera vez que dijiste “me voy” eran las ocho. La segunda vez, eran las nueve. Y no sé qué tanto hicimos, pero saliste de casa a las diez de la noche.

 

No voy a decir que duramos cuatro horas follando. No fue así. También hablamos mucho, conocimos nuestros cuerpos. Me dediqué un rato largo a besar tu espalda que me encanta. Y tú te dedicaste a darme mordiscos en las piernas, en los brazos, en el pecho. Yo volví a los huesos de tu cadera. Y hasta te propuse que me mostraras cómo te masturbas.

 

  • Noooo, eso no se enseña.

  • A ver. - dije, y empecé a hacerlo con más prisa de la necesaria.

  • Noo, despacio que me lastimas.

  • ¿Así? – pregunté mientras me concentraba en tu clítoris.

 

Todo mi ser se dividió en tres partes, mi dedo medio que jugaba con tu clítoris como si lo conociera de toda la vida. Mi pene erecto que disfrutaba de tu mano que lo apretaba al ritmo de tu excitación. Y mi boca que estaba pegada a la tuya, pero sin besarnos, respirándonos con fuerza como si eso cerrara un círculo vital.

 

Besos robados, mordiscos, palmadas, abrazos. Complicidad absoluta. Sin duda, quisiera ser el hombre que eliges para compartir tu intimidad. Estábamos acostados boca arriba, pero en dirección contraria, yo te preguntaba sobre lo que te generaba placer y tú respondías con tranquilidad. Realmente me sentí muy cómodo compartiendo nuestra desnudez.

 

Escogió mi corazón este amor equivocado

Y las leyes del amor me obligaron a olvidar

De este amor ya nada espero ni valor para olvidar

Si el capricho es tu castigo mi condena se acabó


Escogió mi corazón este amor equivocado

Y las leyes del amor me obligaron a olvidar

Libre queda tu camino otro amor tu buscarás

Otro amor que te comprenda y que te haga muy feliz

 

Lucio Feuillet de fondo. Tras un momento de silencio en nuestra conversación, empezó a sonar la canción que nos hizo mirarnos de reojo en el concierto de la semana pasada. Soltamos una carcajada más y seguimos jugando con nuestros cuerpos.

 

  • ¿Te dije que a veces me imagino a los guionistas de mi vida?

  • Jajajaja sí

  • Son como tres o cuatro yos que están sentados alrededor de una mesa. Uno es un tipo serio y bien vestido, otro es un loco drogado que no para de reír.

  • Jajajaja me los imagino.

  • Pues cuando pasan cosas así, me imagino que todos se ponen de acuerdo para escribir una línea que los haga reír a todos.

  • Jajajajaja es que sonó justito, como si estuviera preparado.

  • Eso para qué sonaba Morat, tenía que sonar Feuillet.

  • Jajajajajaja

 

Risas, besos, mordiscos, caricias, erecciones, humedad y complicidad. Complicidad e intimidad. Intimidad, eso fue lo que hubo, una intimidad de amigos que me encantaría que se repitiera.

 

  • Ven, ayúdame a llegar.

  • ¿Qué quieres?

  • Que te lo tragues.

  • No

  • Ah carajo, ¿me vas a dejar así?

  • No jodas

  • Me voy

 

Y te levantaste y empezaste a buscar tu ropa para vestirte. No me enojé, sólo disfruté en silencio del espectáculo de verte recuperar tus prendas y convertirte en la mujer despampanante que la gente ve por ahí.

 

Unas tangas negras, no muy pequeñas, no muy grandes. Unas medias veladas que luchan para acomodarse a tus piernotas. Una falda beige que hace lo que puede por cubrir ese culo delicioso que tienes. Un bra grueso, la blusa y la chaqueta negras, abrazadas a tu cintura. Botas altas y vuelves al trono de casi 1.80 mts en el que llegaste.

 

Y yo, aún desnudo, me levanté de la cama y me paré frente a ti.

 

  • Estás grandota.

 

Sonreíste y me diste un pico en la nariz.

 

  • Acompáñame a la puerta.

  • ¿Quieres que te acompañe al parqueadero?

  • Soy perfectamente capaz de irme sola.

 

Lo sé. Siempre has sido capaz de todo. No te gusta que te cuide como si fueras una porcelana. Me vestí un bajé contigo.

 

  • Espera, olvidé algo. – te dije – volvamos a subir.

  • Ay no, te espero aquí.

  • Ven, es importante.

 

Siempre te traigo muchos regalos. Y como te molesta que te apabulle con güevonadas, me enseñaste a dártelos: uno cada vez que nos vemos. Así que te tenía un esfero más para tu colección de Nueva York y un llavero para las llaves que te di hace un año cuando dijiste que ibas a visitarme para mi cumpleaños.

 

  • ¿Izquierda o derecha?

  • Izquierda, siempre. – y me contaste una historia de un video de una vaina que no entendí, pero me dio mucha risa.

  • Bueno, izquierda.

 

Te di el llavero. Un oso rosado metálico al que se le mueven las extremidades.

 

  • Ayyy, me encanta. – dijiste y empezaste a moverlo a toda velocidad. – Todavía tengo las llaves de tu apartamento en Nueva York.

  • Lo sé. También sé que en cualquier momento compras un pasaje y me llegas allá.

  • ¿Hasta cuándo vas a estar?

  • Dos años más. Luego me voy a vivir a Brasil.

  • ¿Ya lo decidiste?

 

Luego te di el esfero y te emocionó tanto como los otros cinco que te había dado. Bajamos, abrí la puerta y te despediste de beso en la mejilla como siempre lo haces. Giraste y empezaste a caminar con ese tun tun que me vuelve loco.

 

Me quedé mirándote hasta que te fuiste y me prometí no enamorarme de ti. Aunque, en honor a la verdad, enamorado estoy hace rato, sólo que debo aprender a verte como una amiga, porque uno se enamora del que le da la espalda y más si mueve el culo así de rico.

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