
Edson David
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Por lo menos diez años pasaron desde la última vez que escribí sobre las notas, las calificaciones, las evaluaciones, las estrategias y, por si fuera poco ambicioso, el objetivo de la educación.
Y hoy voy a decir una obviedad hasta para mí con lo tarde que llegan las ideas propias y ajenas. Y con lo que me demoro en entenderlas: imagínense que una vez me demoré veinte años para entender una frase que un profesor repetía incansablemente.
Pues sucede que estoy calificando exámenes de mis estudiantes y me encuentro con una forma de la culpa y la expiación que me parece hasta interesante. Si ya leyeron hasta aquí, ya quédense. Es una ñoñada superficial, no lo duden un segundo.
¿Ya se dieron cuenta lo canchero? Disque hablándole a un público lector pa echar un chisme. Eso es que me creí el cuento. Bueno, va el chisme.
Primeras semanas, nos estamos conociendo…
Ah, una notita, esto es ficción, así que todo sucede en Gótica y todos los personajes, instituciones y situaciones son producto de mi imaginación.
Gente bonita, amable, generosa con su participación, con su buena vibra. Bacanes todos, todas y todes, hasta los que se quieren pasar de graciosos. Bella gente. Un día de examen.
Un paréntesis más, su puntualidad es un caso de estudio, incapaces de llegar cinco minutos antes porque les toca hablar con el profesor. Dos minutos antes entran super sincronizadas, se organizan, guardan todo y a la hora, en punto, cuando uno dice “buenos días”, todas guardan el celular de inmediato sin quitarme la mirada, mientras responden “buenos días”.
Y la alborotadora desordenada, irrespetuosa e impuntual llega corriendo un minuto y medio tarde, disculpándose y alistándose en silencio en quince segundos.
Día de examen, todas puntuales y listas a la hora.
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Buenos días
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Buenos días – respondieron tres o cuatro.
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¿Cómo están?
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Bien, bien – sonaron algunas voces.
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Alex, bienvenido, ¿todo bien?
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Bien, todo bien.
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Isha, ¿todo bien?
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Todo bien, sí, bueno.
Es un examen simple, cuatro actividades para reforzar conjugaciones y conectar definiciones. Cincuenta puntos en juego y un cinco porciento en la nota final del curso. A ese punto de insoportable precisión numérica llegó la evaluación del proceso de aprendizaje de personas abismalmente diferente entre ellas. El que mejor memorice la conjugación, el que más identifique cognados y se llene de frases hechas y chistes a medio entender, gana. ¿Qué gana? Un número. Y sí, obvio, se los dije.
Ahora, eso no asegura que aprendan, quizá nada lo asegura. Pero llevo más de veinte años viendo pelaos haciendo cada wea por una nota: trabajos extra que son más trabajo pal profesor, se meten de asistentes de investigación a regalar horas de trabajo and so on and so on.
Y entonces los pelados responden la vaina. Yo les echo una miradita y si veo que se están equivocando, les aviso “recuerda que ballena es con e y no con i” o “arepa es femenino: la arepa. Aunque eso es discriminación, porque cómo así que el agua y el águila, pero la arepa y no el arepa, ¿o el arepa seré yo que no sé?”. A veces los confundo.
Terminan todos, recibo los cuices, a ojo de buen cubero, sacaban 38/50. Se los devolví:
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Vamos a revisarlos, si quieren cambiar su respuesta por la correcta, pueden hacerlo, me interesa que todos saquen 50/50, primero porque es más fácil de calificar y segundo, pero no menos importante, es que la nota les importa más a ustedes que a mí, así que póngase una bonita. Eso sí, no se salvan de la corrección, porque lo que me interesa es que identifique sus errores ya mismo y genere ese puente entre formas y fondos ya. No cuando le entregue ese papel con un número y ustedes vean el número y guarden la hoja sin haber visto nada.
Y todo esto se los iba diciendo en inglés a la mejor velocidad que podía sin ir a decir alguna burrada por pronunciar mal. Además, mi inglés es una estructura súper hispana con palabras pronunciadas con cuidado, pero mal. Eso debió ser algo así como:
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letsChekdemaut ifiuwanaCheinchdeanser fordecorrectuan iukenduit…
Empezamos a revisar, tenían bien la mayoría de las respuestas, algunos tacharon y rescribieron, otros hicieron círculos, equis y se escribieron 4/10. No es su responsabilidad, de los números me encargo yo. Me ha sido dado el privilegio de cuantitativizar lo que pasa en el cerebro de alguien.
Entonces yo pienso que está muy bien que el estudiante tache una forma escrita fuera de la norma y la rescriba bien. Y yo sé que es una puerta de iglesia para meterse con el ardid glotopolítico, pero no es lo que me interesa aquí. Lo que me interesa es que el estudiante piensa que se equivocó, cuando es todo lo contrario, le faltaba un paso para confirmar esa palabra y lo dio. Punto a favor.
Pero el estudiante se califica mal. Un sentido de culpa lo embarga. Tal vez, un profundo sentido de la responsabilidad y la ética. Tal vez no le importa la nota, sólo quiere aprender. Válidas todas las razones.
Y se les va armando la nota y algunas pintan grave pasando la mitad del semestre. Y empieza ese estrés tan innecesario de ellos por salvar su nota. Y piden trabajos extra, exámenes extra, puntos por hacer planas.
Es decir que, si hacen el examen, les va mal porque no estudiaron, les entregaron el examen y lo guardaron, pero hicieron el trabajo remedial, entonces tienen el número mínimo aprobatorio, pero no saben un carajo. Y yo sé que no estoy descubriendo nada. Pero la idea de que la evaluación puede ser formativa es tan vieja como la educación misma. Y no se aplica.
La clase del examen se divide en dos partes: en la primera, hacen el examen, sólo con su conocimiento (más todos los factores que intervienen como los nervios, la vida personal, las habilidades y demás). Si ya saben que no importa la cagada que hagan, la nota será la más alta, capaz que les va mejor.
Y en la segunda mitad, revisamos cada pegunta, recordamos la respuesta, tomamos nota dónde estuvieron los errores comunes, vemos si fue error de los estudiantes o, tal vez, la prueba estaba mal diseñada (pasa mucho). Explicamos con lujo de detalles cada caso hasta que nos quede claro.
Algunos semestres dedicábamos tres clases enteras a hacer cada examen. Primero sin apuntes, luego con apuntes y hablando con los compañeros. Luego otra vez, pero yo ya había ajustado la dificultad de las preguntas y ellos habían estudiado un poco. Y revisamos nuevamente los errores, explicamos y volvemos a jugar. Y yo diseñaba una tercera versión del examen, para la aplicación de verdad. A todo el mundo le iba bien en las notas y yo me quedaba tranquilo.
En serio, dudo que alguien haya leído este hueso hasta este punto, pero ¿no es más fácil así? Y si se ve la mitad de los temas, perfecto. Da igual si ves un libro en cuatro cursos. Sí, vendes libros, pero no aprenden un carajo. Una estudiante me decía que había hecho unos años de español en el colegio, pero que no hablaban, sólo leían en coro algunas líneas.
Hay un trabajo que hacer: preparar un programa realista que tenga una perspectiva crítica y que les permita, a la vez que aprenden la lengua, asumir una postura social sobre la relación lengua y poder. No se trata de enseñar más modelos de conjugación. Se trata de que puedan ubicarse en un mapa sociolingüístico y sean capaces de hacerles saber a otros quiénes son y qué les interesa.
Eso no está en los libros. Muy buenas las actividades, un pelín aburridas, algunas, pero chéveres. Habré usado dos o tres. Y menos está en los programas que dicen: día 5, hacer actividad 3 y corregir actividad 3. Ahí yo empiezo a sufrir porque mis estudiantes no necesitan esa actividad 3, ellos necesitan sentirse seguros de su pronunciación.
Entonces el libro y el programa rara vez le pegan a lo que el estudiante necesita. Y nunca le pegan al ritmo en el que el estudiante aprende mejor, porque van a mil y uno no sabe si el afán es comprar el segundo libro o que el estudiante aprenda rapidito. Pero es que en una clase no se pueden meter seis temas grandes que toman un par de días en entender cada uno y un par de décadas en integrarlo a discurso cotidiano.
Luego hay que llevar ese programa al aula (me parece tan bonita esa palabra, como tan de mi infancia). Y hay que convertir un par de páginas impresas o diapositivas en una actividad de una hora, minutos más minutos menos. En la que veinte adolescentes con estados de ánimo volátiles, se diviertan y aprendan, y si no aprenden es una lástima, pero no hay perdón si no se divierten. Ahí sí han perdido su tiempo.
Y así, despacio, con actividades tranquilas pero retadoras, vamos construyendo habilidades y posturas: yo me llamo y yo soy. Y cambiamos la forma de evaluación un tris: que ellos sean responsables de su nota y los profesores somos responsables de su proceso. Entre los dos somos responsables del aprendizaje, cada uno dando hasta donde puede. Lo resultados no se pueden asegurar, pero la honestidad y bacanidad del proceso, sí.
Es menos trabajo, creo que se aprende más, sale más barato, de hecho, yo ni usaría libros, esa industria ya dio lo que tenía que dar. A mí que me gamifiquen todo, quiero ver “clases” del subjuntivo en un videojuego en el que me paseé por el medioevo español. Bueno, Assassins’ Creed (AC) son pioneros, pero se puede montar una estructura didáctica en la que las puertas se abren con comandos de voz que lleguen a ser conversaciones. Conecten AC con Duolingo y háganlo divertido y con buenos gráficos.
Ya debe existir. Un simulador de realidad aumentada que me lleve a pasear por las calles de las ciudades (conecten esa vaina con Google Street View) y pónganme a caminar por los bares de salsa en Nueva York en los años setenta. O que me pongan a recorrer los mercados babilonios en época de Nabucodonosor.
Pasas el nivel si tienes las habilidades, si te mueves como uno de ellos, si hablas como uno de ellos, si bailas como uno de ellos. Yo sí me metería a entrenar IAs para que me ayuden a enseñar. Nunca van a lograr lo que logra el contacto humano, pero me van a ahorrar un montón de trabajo inútil en el que pierdo tiempo justo ahora, en lugar de estar avanzando en mis estudios.